|
Artículos
LA LUNA: LOS MITOS Y EL MATRIARCADO
Las imágenes míticas son formas que
tiene la psique de autorretratar sus propios procesos. Si las exploramos para
ver cómo actúan en la gente, en un nivel personal cotidiano, podemos empezar a
captar el símbolo multidimensional de la Luna con mucha más profundidad y una
mayor sutileza que si intentáramos simplemente hacer una serie de definiciones.
Os recomiendo que observéis el ciclo lunar, porque es algo auténticamente
milagroso, y puede provocar fuertes reacciones imaginativas y emocionales, algo
que les sucede a los seres humanos desde hace milenios. Imaginad lo que puede
haber sido observar la Luna en los tiempos antiguos, sin ningún conocimiento
del universo material, y empezaréis a daros cuenta de hasta qué punto ha sido
siempre un símbolo poderoso, y qué gancho espléndido sigue siendo para
colgarle nuestras proyecciones psíquicas. Si uno fuera un habitante de las
cavernas del neolítico, el primer hecho evidente que observaría en relación
con la Luna física sería que está siempre cambiando, y sin embargo, repite si
ciclo de una manera inmutable. De una noche a la siguiente, la forma de la
Luna es distinta, pero siempre se puede estar seguro de que en el término de un
mes repetirá su pauta. La Luna es una paradoja: es indigna de confianza, pero
al mismo tiempo, se puede confiar absolutamente en su ciclo. A veces da luz,
pero no la suficiente para aclarar nada, y otras veces la luz se desvanece por
completo y la noche es negra. De modo que si uno fuera un viajero de la antigüedad.
que por la noche confía en la luz de la Luna, se habría metido muy pronto en
dificultades, debido a la inexorable disminución de la luz. De ahí que se
considerase a la Luna traicionera, y que las primeras deidades lunares fueran
paradójicas y de carácter ambiguo.
El ciclo lunar, perpetuamente cambiante y sin embargo constante, ha
servido para cristalizar a su alrededor un conjunto de mitos muy característicos.
Es muy frecuente que las deidades lunares, que son habitualmente femeninas
(aunque hay excepciones), aparezcan formando tríadas, o con tres aspectos que
reflejan las tres fases diferentes de la Luna: la nueva, la llena y la
creciente. Si jugamos con las imágenes que evocan estas tres fases,
podremos ver cómo la Luna nueva, la traicionera Luna negra, estaba asociada con
la muerte, la gestación, la hechicería, y con la diosa griega Hécate, que
presidía los nacimientos y la magia negra. Después de su oscurecimiento,
aparece la luna creciente, delicada, virginal y prometedora, con su apariencia
de estar preparada para dejarse fecundar por algo. La Luna creciente se
vinculaba con la diosa virgen Perséfone, que fue secuestrada por Hades. También
se dice que es el emblema de Artemis, la virgen cazadora y patrona de las
bestias salvajes. La Luna llena , en contraste, tiene cierto aire de embarazada;
es redonda y jugosa, lozana y madura, y podría dar a luz en cualquier
momento. Es la Luna en su máximo poder, la cúspide del ciclo lunar, y estaba
asociada con Deméter, la diosa de la fertilidad, la madre de todas las cosas
vivientes. Después la Luna comienza a menguar, adelgazando y oscureciéndose,
hasta que de pronto deja de estar ahí. Hécate, la vieja bruja, recupera una
vez más el poder; oculta en el mundo subterráneo, urde sus hechizos y va
devanando el futuro desde la oscuridad.
La tríada de deidades lunares refleja una experiencia humana arquetípica,
proyectada sobre la Luna física en el cielo. Una dimensión importante de esta
experiencia es el cuerpo, que refleja en su propio desarrollo cíclico y en su
mortalidad las fases de la Luna. Las deidades lunares presidían el ciclo anual
de la vegetación, y también el ciclo humano de nacimiento y muerte. Así, en
el mito, la luna rige el ámbito orgánico del cuerpo y los instintos, y por eso
estas deidades son generalmente femeninas: porque del cuerpo femenino nacemos
todos, y de él recibimos nuestro primer alimento. El ciclo lunar recibía el
nombre de la Gran Ronda, reflejando así su conexión con el destino y con lo
que siempre retorna, en una interminable repetición. Todas las cosas tienen su
ciclo, que es más bien universal que individual. ya que los individuos mueren,
pero la especie continúa regenerándose.
Cada vez que en la vida alcanzamos un momento cumbre, un momento de Luna
llena en que las cosas llegan a realizarse, podemos estar seguros de que hay un
pasado que nos ha conducido a ese momento, un comienzo oculto en que se sembró
la semilla en la oscuridad de la Luna y un tiempo de promesa y desarrollo cuando
la Luna estaba en cuarto creciente.
.............................................. 
|